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Leer ha sido mi soberanía y mi elegancia: Roberto Bolaño sobre la riqueza de la literatura

Libros

Por: pijamasurf - 07/08/2017

¿De qué sirve leer? En una entrevista de 1999, Roberto Bolaño dio una de las mejores respuestas posibles

Todos sabemos que leer es bueno, provechoso, útil, deseable y, en fin, tantos adjetivos positivos como se le pueda añadir a esa acción. Lo sabemos, es cierto, pero quizá sólo porque desde distintas partes se nos asegura eso, como si se nos intentara convencer no tanto por el razonamiento sino por mera repetición. Leer es bueno, ¿pero por qué?

No existe una sola respuesta a esa pregunta. En cierta forma puede decirse que cada persona encuentra en su experiencia como lector aquello que la lectura le da sólo a él, porque en buena medida la lectura es una experiencia subjetiva: los libros son como espejos que nos devuelven el reflejo de aquello que estamos listos para saber, escuchar, advertir. En este sentido, la experiencia de lectura de un mismo libro puede ser muy distinta si lo leemos a los 15 o a los 30 años, por obligación o por curiosidad, en un momento feliz de nuestra vida o en uno atravesado por la angustia. Puede ser un libro celebrado y recomendado durante muchos siglos y, aun así, puede ser un libro que no nos diga nada; o viceversa.

Con todo, existen ciertas cualidades que aun partiendo de la subjetividad resultan comunes en casi todos los lectores de todas las épocas. El hecho, por ejemplo, de que leer amplía nuestros horizontes, es decir, que los libros nos descubren ámbitos de la realidad, en prácticamente todos sus niveles, que hasta entonces ignorábamos. Algunos estudios de la neurociencia y la psicología contemporáneas han concluido que leer también nos hace más empáticos e incluso más compasivos con nosotros mismos y con los demás. Leer nos da vocabulario y entendimiento del lenguaje, lo cual tiene efectos en la salud cerebral. Leer agudiza nuestra mente, nos hace más críticos, mejora nuestra memoria. También, en ciertos casos, nos hace notar qué de la vida de verdad importa: la belleza, lo duradero, la cercanía con los otros, etc., y con ello es capaz de mejorar nuestra existencia.

En esta ocasión quisimos agregar a este elogio de la lectura el fragmento de una entrevista que Roberto Bolaño dio a la periodista María Teresa Cárdenas y el poeta Erwin Díaz en Chile, en 1999, en uno de los últimos viajes en que el escritor hizo a su país natal. Bolaño para entonces era ya el novelista reconocido que por tanto tiempo batalló para ser, y con esa ironía lúcida que lo caracterizó en entrevistas como ésta, resolvió en pocas palabras esa interrogante aparentemente enigmática de por qué leer es útil. Dijo Bolaño:

–¿Para qué le ha servido a usted la literatura?

Podría dar una respuesta aparentemente poética: "para no morirme", pero es falso, yo seguiría vivo y probablemente con mejor salud si no hubiera optado por la literatura. A mí la literatura me ha servido básicamente para leer. En el momento en que decido que voy a ser escritor, me pongo a leer. Y gracias a la literatura he podido leer libros maravillosos, increíbles, como encontrar tesoros. Y en mi vida, que ha sido más bien nómade y de una pobreza extrema en ocasiones, el leer ha contrapesado esa pobreza y ha sido mi soberanía y ha sido mi elegancia. Podía estar en cualquier situación y si leía a Horacio, por ejemplo, el dandy, el que estaba viviendo por encima de sus posibilidades era yo, siempre. La literatura a mí me ha producido riqueza, es riqueza.

Este párrafo fue compartido recientemente en el sitio Calle del Orco. La entrevista se publicó originalmente en el suplemento “Revista de Libros” del diario chileno El Mercurio el 25 de octubre del 2003.

¿Qué te parece? ¿Coincides con Roberto Bolaño? ¿Leer nos da una riqueza que no encontramos de ninguna otra forma? No dejes de compartirnos tu opinión.

 

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En Occidente, la idea de erudición casi siempre ha apuntado hacia cierta acumulación de conocimiento que, incluso, puede tener cierto matiz de inutilidad. Así, por ejemplo, el Doctor Fausto, que en la versión de Goethe se nos presenta quejándose del tiempo consagrado al estudio pero en cierta forma desperdiciado para explorar otros ámbitos de la vida. El “conocimiento”, en este caso, parece más bien una materia hueca e inerte.

Esta, sin embargo, es una impresión equivocada. ¿Si no por qué no se han extinguido los eruditos, aun en nuestra época que tanto tiende hacia la ignorancia?

Si bien es cierto que no abundan, incluso ahora es posible encontrar ciertas personas que han dedicado su vida a saber, que han encontrado en el deseo de conocimiento el propósito de su existencia.

En nuestra época hay al menos tres grandes intelectuales que mantienen viva esa tradición: Harold Bloom, George Steiner y Roberto Calasso, todos autores de obras admirables pero, especialmente, los tres dedicados al cultivo de la cultura aunque desde lugares muy singulares.

Compartimos ahora una breve semblanza de ellos y, al final de cada una, una lista de títulos que pueden acercar al lector a sus obras –para que, como Sócrates cuando en El banquete se sienta al lado de Agatón, nosotros como lectores también podamos esperar que algo de la sabiduría de aquéllos se transmita por “ponernos en contacto unos con otros".

 

Harold Bloom: la erudición que clasifica

Harold Bloom (Nueva York, 1930) es probablemente el crítico literario más importante de nuestra época. Quizá no el más influyente, pero sin duda uno de los más conocidos. Su forma de ejercer la crítica guarda cierta semejanza con la del legendario Edmund Wilson, no tanto por el estilo sino más bien por el lugar simbólico que intenta ocupar. ¿Cuál en específico? El del crítico que, con cierto espíritu flamígero, ordena, clasifica y quiebra la mies para separar el trigo de la cizaña.

Desde esta posición, Bloom ha dado a la imprenta libros que pretenden fijar una idea específica de literatura, exclusiva de origen y en torno a la cual el crítico pretende alinear aquello que, de lo escrito, vale la pena considerar literario. En ese sentido, El canon occidental es probablemente una de sus obras más polémicas, pues aunque erudita, no por ello es menos severa al momento de establecer qué obras de la literatura “merecen” formar parte de dicho corpus.

Bloom puede proceder de esta forma porque prácticamente toda su vida ha sido un gran lector, superlativo que en este caso podríamos entender más desde la cantidad que desde la calidad. Bloom, según se deja ver en sus libros, ha leído mucho, pero eso no quiere decir que todo lo ha leído de la mejor manera, o dicho con otras palabras, con sensibilidad, que su lectura esté hecha desde el amor por la literatura, la apertura a otras voces o con una escucha atenta a la palabra del texto. De hecho, en varios de sus libros el crítico ha expresado su desdén por teorías como las de Roland Barthes o Michel Foucault que, en su época, preconizaban la lectura atenta, la atención al texto como única forma de explorar los estratos de su mensaje.

Con todo, alguien que ha leído tanto, algo tendrá qué decir. No porque “pontifique” (como llegó a decir Enrique Vila-Matas en alguna ocasión, hablando de Bloom), los textos del crítico son desdeñables. De hecho, algunos de ellos son una buena compañía de lectura mientras se explora a otros autores. Shakespeare, sin duda, de quien Bloom es uno de los lectores más informados y también un intérprete sutil (él mismo, en su monumental Shakespeare: la invención de lo humano, se define como uno “bardólatra”). Para la poesía en lengua inglesa también ha demostrado ser un buen crítico, en particular la del período romántico, e igualmente para establecer ciertas conexiones entre poetas y otras expresiones de la cultura literaria y artística de determinadas épocas.

¿Qué leer?

La angustia de las influencias (1973)

El canon occidental (1994)

Shakespeare: la invención de lo humano (1998)

 

George Steiner: la erudición que custodia

En alguno de sus ensayos Jorge Luis Borges dice, acaso citando a alguien más, que si todos los libros del mundo fueran destruidos pero quedara un ejemplar de las obras completas de Thomas de Quincey, tan sólo con éstas sería posible reconstruir toda la historia cultural de la humanidad.

Un elogio muy parecido podría hacerse a George Steiner (París, 1929), un intelectual cuya erudición está alimentada por el fuego del amor a la cultura y que por esto mismo ha trabajado incansablemente para preservar sus expresiones más refinadas.

Por su formación (inusual en nuestros tiempos), Steiner es un hombre que se mueve con soltura por distintas tradiciones culturales, de la antigüedad clásica a las vanguardias europeas del siglo XX.

La suya, sin embargo, no es una exposición inerte. Los cuadros que pinta no son como esos bodegones del barroco español que llevaron hasta el límite de la representación la idea de “naturaleza muerta”. Tampoco es como esos bibliófilos que atesoran libros que no leen ni conocen más allá de si tal tomo es o no una primera edición, o si en sus primeras páginas lleva estampada la dedicatoria de un escritor célebre.

Todo lo contrario. Los ensayos de Steiner son siempre piezas vivas de conocimiento e inspiración. Steiner emprende junto con su lector paseos que, sutilmente, tienen el propósito de contagiar ese enamoramiento fervoroso que siente por la literatura, la música, las artes plásticas, el lenguaje, la arquitectura y en general todo aquello que dota a la vida de un sentido estético. Esa, de hecho, podría decirse que es la misión fundamental que Steiner se ha impuesto: hacerle ver al mundo, a sus lectores, a todas las personas que pueden llegar a tener un texto suyo entre las manos, que la vida también tiene un cariz estético, el cual muchos otros antes que nosotros se han encargado de alimentar, a lo largo de muchos siglos, y que esa es tanto una tradición como una postura ante la existencia –apreciar la belleza artística de la vida– que sería una pena dejar perder.

¿Qué leer?

¿Tolstói o Dostoyevski? (1960)

Lenguaje y silencio: ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano (1967)

Diez razones (posibles) para la tristeza del pensamiento (2005)

 

Roberto Calasso: la erudición que sabe

Para muchos de nosotros, ahora, los “mitos” no son más que historias que podemos encontrar en los libros, en alguna serie televisiva o en un amigo o un maestro que nos habla de ellos. No difieren mucho de otro tipo de narraciones que alguien más nos puede contar, como la historia de la batalla de Waterloo o la historia de cómo un amigo perdió el autobús por estar distraído en su teléfono portátil.

En otra época, sin embargo, los mitos (es decir, las historias) eran dispositivos de conocimiento o, mejor dicho, de verdad: entregaban a quienes los escuchaban una verdad que no podía ser dicha de otro modo y que, en cierta forma, tampoco estaba explícitamente ahí, sino que se trataba más bien de una especie de semilla que quedaba sembrada en la pisque de quien escuchaba la historia. El mito de Orfeo y Eurídice, o el de Apolo y Dafne, el de Zeus y Europa o el de Pasífae y el toro de Creta no son, como creeríamos, historias de amor, de infatuación o salvajismo, sino otra cosa, siempre otra cosa. Y quizá por ello, a pesar del paso del tiempo, los mitos persisten.

En cierta forma, Roberto Calasso (Florencia, 1941) es el único lector de nuestro tiempo abocado a mantener vivos los mitos. Contrario a lo que a veces se ha dicho de él, Calasso no es un mitógrafo (a la manera de Joseph Campbell o Robert Graves), tampoco un estudioso de los mitos o las religiones antiguas (como lo fueron Claude Lévi-Strauss o Mircea Eliade, por ejemplo), sino es más como uno de esos sacerdotes de los misterios iniciáticos a quienes se les transmitía cierto saber y quienes a su vez, llegado el momento, debían comunicarlo a otros.

Calasso, en cierto momento, se dio cuenta de que esas verdades ya no estaban en la boca de alguien más, sino en las páginas de ciertos libros, deambulando como entidades olvidadas por la mayoría pero conservadas por unos cuantos. En La literatura y los dioses (una serie de conferencias que pronunció en la Universidad de Oxford), el también editor de Adelphi sugiere que a partir de cierta época, los dioses migraron a los libros, como si sólo en estos objetos todas esas potencias hubieran encontrado el vehículo más apto para ejercer su capacidad de posesión, revelación y, en última instancia, conocimiento del mundo.

La erudición de Calasso, en este sentido, es quizá la más extraordinaria de todas, en el sentido más elemental de este adjetivo: se trata de una erudición fuera de lo habitual. Calasso no es propiamente un erudito aun cuando todos sus libros estén poblados de referencias a otros miles libros. Hasta cierto punto, él es como el Sócrates que se nos presenta al final del Fedro, aquel que ha expuesto las distintas formas de posesión que existen y que al final, por la plegaria que ofrece, se decanta por “la locura que viene de las ninfas” como un vehículo de conocimiento.

Calasso es un hombre tomado por el conocimiento, un poseso que sirve de mediación entre este mundo y el mundo de los dioses que viven entre los libros.

¿Qué leer?

Roberto Calasso ha escrito una buena parte de su obra como parte de un proyecto amplio y articulado en torno a una única idea: el sacrificio. En este sentido, sus libros más importantes tienen una suerte de progresión o secuencia tanto cronológica como expositiva. Son, por así decirlo, como los capítulos de una obra mayor y en cierta forma monumental, como los trabajos de Hércules. Este proyecto comenzó con La ruina de Kasch (1983) y siguió hacia Las bodas de Cadmo y Harmonía (1993; su libro sobre mitología griega), Ka (1996; sobre mitología de la India); K. (2002; sobre Kafka, y quizá su obra más asequible); El rosa Tiepolo (2006); La folie Baudelaire (2008); El ardor (2010) y, el más reciente, Il Cacciatore Celeste (2016; aún no traducido). Leer sus obras de esta manera da al lector una experiencia de saber única (en cierta forma, como sucedía con los mitos de antaño), pero, claro, cualquiera puede proceder según el dictado de su voluntad.

Otros títulos que pueden leerse como introducción a la obra y el estilo de Calasso son:

Los cuarenta y nueve escalones (1991)

La literatura y los dioses (2001)

La locura que viene de las ninfas (2005)

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

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