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¿Quieres dar una buena impresión? Evita estas actitudes, según la ciencia

Ciencia

Por: Pijama Surf - 07/11/2017

Nunca confundas la seguridad con la autocomplacencia o la arrogancia, las personas podrían definirte por ello

Desde siempre, la arrogancia y la soberbia han sido pésimos indicadores de la buena autoestima; una persona que está conforme con su personalidad no necesita demostrarlo a los otros, ¿o sí? Las personas engreídas arrojan simplemente la fórmula perfecta para causar una pésima impresión, no solamente por sus malos tratos sino también por que hablan con su actitud de sus propios complejos, lo que resulta aún más paradójico.

Por el contrario, y coincidiendo con lo que múltiples tradiciones místicas apuntan, la mejor manera de causar una buena impresión es la humildad, y no nos referimos aquí a que te hagas el mustio, sino a que simplemente hagas consciente ciertas actitudes que podrían estar causando la impresión de que eres una persona engreída y demasiado narcisista.

Según un estudio publicado en el libro Social and Pesonality Psichology Compass, existen cuatro actitudes que debes evitar para verte como un engreído (y convertirte en ello). Aunque la autoconfianza suele ser necesaria, si la exageras, puede ser altamente contraproducente:

 

Alardeo humilde (humblebrag)

Seguro lo has visto mucho en redes sociales. Personas que presumen sutilmente su vida pero que, en realidad, resulta muy notorio. Por ejemplo, cuando alguien está de viaje y pone algo así como: después de todo valió la pena el esfuerzo, y una fotografía acompañando la frase en algún lugar increíble.

 

Presunción

Presumir tus logros, hablar sólo de ti, poner en duda los logros de los otros con alguno mayor tuyo, etc., son aspectos que dan una pésima impresión de ti y que a largo plazo, podrían aislarte y conseguirte unos tantos enemigos.

 

Hipocresía

Presumir un discurso y hacer lo contrario simplemente hará que las personas no te tomen en serio y que, incluso, te piensen y traten como si fueras un loco. El doble discurso siempre va descubriéndose; mejor quédate callado lo más posible y habla con tus actos.

 

Cumplidos ambiguos o de doble filo

Si vas a elogiar a alguien, no lo remates con una frase que reste crédito a lo dicho. Por ejemplo: "Para ser chico, lo haces muy bien", o "Tu trabajo estuvo muy bien, aunque ya deberías haber aprendido más". Si el elogio no es sincero o vas a desacreditarlo, mejor no digas nada; lo anterior genera recelo y una pésima sensación en los demás.

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El síndrome del orgullo es verdadero y se manifiesta cuando la persona con poder se siente poderosa

En numerosas tradiciones místicas se ha advertido de la importancia de llevar una vida sencilla para cultivar la simpleza de espíritu y, con ello, alcanzar más fácilmente la virtud.

Pero más allá del tabú cultural hacia el poder, de sus mieles que hacen perecer la razón y la sensibilidad (está comprobado que el poder es tan adictivo como la cocaína), ¿qué tan sano es? Cuando se experimentan altos niveles de poder se pierde la empatía, la capacidad de sentir a los demás y disminuye la acción de las determinantes neuronas espejo --no podríamos tener relaciones significativas ni intercambios profundos si prescindiéramos de las neuronas espejo, también llamadas neuronas de la empatía.

 

El poder de la burbuja

Es paradójico, ya que las personas que ejercen el poder toman decisiones que conciernen a la vida de millones de personas, y, al mismo tiempo, mientras más poder experimenta un individuo tiene menos capacidad de empatía. ¿Por qué?

Uno de los motivos es la burbuja. Las personas con mucho poder generalmente se rodean de gente que se beneficia de ese poder, como empleados o negociantes, lo que privilegia un ambiente de condescendencia que empodera más el ego del individuo.

Aunque más allá del nivel de poder de la persona, el verdadero problema pareciera radicar en el valor que le confiere. Es decir, lo que mata la empatía es sentirse poderoso. A la pérdida de empatía como resultado del poder se le llama síndrome del orgullo y ha sido estudiado desde hace décadas. Uno de sus analistas ha sido Jonathan Davidson, quien lo define así:

Es un desorden de posesión del poder, particularmente cuando está asociado a un gran éxito, sostenido por pocos años y poca coacción de un líder.

Este síndrome, a grandes rasgos, se manifiesta en desprecio por otros, pérdida de contacto con la realidad, acciones impulsivas y demostración pública de la incompetencia de otros.

Un estudio de la Universidad de Ontario arrojó, gracias a mediciones por resonancia magnética, que los individuos con poder tienen menor capacidad de detectar las emociones de otros en fotografías, o bien, la activación de sus neuronas espejo es mucho menor.

Y aunque quizá lo mejor sea simplemente no comprar la idea de que el éxito es reconocimiento, y que mantengamos sanas nuestras mentes dando valor a la historia de cada persona, aparentemente la verdadera diferencia está englobada en qué tan poderoso se siente el poderoso.

Y tú, sea cual sea tu posición social, ¿te sientes poderoso?